Mi primer viaje sola: de intercambio en Colonia

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Cómo me lancé a la aventura y viví mi primera experiencia sola en Alemania

 

Aquello que te apasiona, lo haces sin pensar, sin darte cuenta de que lo estás haciendo porque las ansias por conseguirlo no dejan hueco para miedos, nervios o indecisión. Así es como descubrí que adoraba viajar. Simplemente, me di cuenta de que era lo que más me gustaba hacer, el momento en el que más yo misma me sentía.

Echando la vista hacia atrás, no hay un momento de mi vida en el que no viaje, en el que no haya cambio. Muchas veces, esto podía suponer un problema para mí. Estaba tan acostumbrada a no parar quieta que no parecía hacerme hueco en un único lugar. Todo el mundo tenía el mismo grupo de amigos de siempre, un lugar del que no quería marcharse y mil historias en las que los ingredientes siempre coincidían, ya fuera el lugar, los personajes o el mismo colegio… Yo no. Desde muy pequeña he estado en constante movimiento, viviendo entre dos regiones, con el corazón dividido y sin poder decidirme dónde estaba mejor.

“Al fin y al cabo, todo lo que tenemos es el ahora, es este momento.”

He cambiado de colegios, he empezado una nueva vida sólo por seguir una pasión y me he lanzado a todas las aventuras que se me ponían por delante sin miedo al qué dirán. Si quiero hacerlo en ese momento, está bien hecho. No creo que haya que pensar en las repercusiones de un acto a largo plazo más de lo necesario. Al fin y al cabo, todo lo que tenemos es el ahora, es este momento.

Sin darme cuenta, hace mucho tiempo decidí que quería llenar de vida mis días, de recuerdos, de momentos a los que me gustaría volver. Pero todo tiene un final y hay que saber aceptarlo, porque sin un fin, no se aprecia lo que se tiene. Es algo que me costó aceptar, ya que muchas veces se intenta seguir la corriente y ser como todos los demás. Pero en el momento en que me di cuenta de que así era yo y así quería seguir siendo, fue cuando más he disfrutado de cada uno de mis pasos.

Kölner Dom A Spanish Travelmaker
Kölner Dom. La catedral de Colonia

Mi primer gran viaje sola, y con el que comienzo a contar mis relatos viajeros, transcurrió hace tres años en Colonia, Alemania. Una ciudad que me encandiló desde el principio. Desde bien pequeña había soñado con salir fuera de España a vivir una aventura por mí misma. Así, me había dedicado a buscar becas y a probar suerte con concursos para poder viajar. Sin embargo, nunca me había sido posible marcharme. Es por eso que cuando me ofrecieron en mi primer curso de alemán realizar un intercambio con una alemana, me lancé de cabeza a la aventura. Pensaba que nunca me cogerían, pues mi nivel era muy bajo. Pero me equivoqué, y qué suerte.

Enseguida me arreglé con aquella chica para pasar dos semanas de verano en su casa, a orillas del Rin. Con una maleta llena de cosas innecesarias, todos los detalles de cómo no perderme por un aeropuerto (¡quién me lo diría hoy a mí!) y ningún conocimiento de hacia dónde estaba yendo, me subí a aquel avión.

“Estaba llena de prejuicios que poco a poco se fueron disipando.”

Lo primero que me llamó la atención fue que en Alemania se hacía de noche mucho más pronto que en España. ¡Vaya tontería y todavía lo recuerdo! Lo sencillo que es sorprenderse cuando te dejas llevar.

Recogí mi maleta y por primera vez me entraron las dudas. ¿Y si aquella chica de la que apenas había visto una foto me dejaba allí tirada? Tenía tantas ganas de ir, que ni me había parado a pensar en esa posibilidad hasta entonces. Aquella podría haber sido una historia totalmente diferente, la de cómo sobreviví a que me dejasen abandonada en un aeropuerto. Pero no fue el caso.

La familia me recogió y me llevaron a su casa circulando por una de esas autopistas sin límite de velocidad. Estaba llena de prejuicios que poco a poco se fueron disipando. Y qué chasco me llevé al ver que no conducían por encima de 110 km/h. Yo que estaba convencida de que irían todos por lo menos a 200km/h…

Colonia, Alemania

Me encontré con una calidad de vida muy superior a la española. Con trabajos que en mi tierra natal darían de forma justa para pagar el alquiler de un piso, allí tenían un chalet, tres coches, los últimos iphones del mercado, ropa de marca que tiraban sin estrenar para comprarse más y comida que desechaban a diario para no tener sobras… ¡Aunque fuera media cazuela! Ay, si lo viera mi madre…

Siempre me he considerado muy curiosa y amante de los pequeños detalles. Es por eso que me llamaban tanto la atención las pequeñas diferencias entre un país y el otro. Puede parecer que, como está tan cerca y somos todos europeos, las diferencias no se notarían, pero no es así.

Además de desperdiciarla, su relación con la comida es muy diferente a la española. En temas gastronómicos, bien es sabido que Spain is different, pero no me podía imaginar yo hasta qué punto. Mientras que en mi país el desayuno muchas veces pasa desapercibido, allí es la comida principal del día. Es tan importante, que hasta quedaban

Aachener Weiher

con amigos o familia para desayunar en algún restaurante. Así descubrí que, en su horrible manía de tomar agua con gas, incluso los niños tomaban ese líquido en ayunas.

Aunque la chica con la que hice el intercambio era muy casera, descubrí que los alemanes no son tan diferentes a nosotros. También les encanta la fiesta, hay bares de cerveza cada dos pasos y disfrutan de una buena tarde de sol frente a un lago veraniego… el día que hace bueno. A esto ya estaba acostumbrada pasando todos los veranos de mi vida en Cantabria, pero es increíble cómo un día podía estar bañándome en un lago y al siguiente me tuvieron que dejar un abrigo para que no muriese de frío viendo un partido de fútbol.

Parece que cuando sales fuera de lo que estás acostumbrado, lo más destacable son esas pequeñas diferencias del día a día. Sin embargo, la experiencia fue mucho más allá que para extender mis horizontes. Viví por primera vez en un ambiente totalmente nuevo, en el que nada se parecía a lo que estaba acostumbrada, ni siquiera el idioma con el que me comunicaba. Me dejé llevar y me fasciné hasta porque descubrí que existían más tipos de gallinas que las que había en España. El mundo se abrió ante mí y desde entonces no he querido otra cosa que seguir descubriéndolo, paso a paso y sin dejarme ningún detalle por el camino.

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